14 julio, 2011

Texto creativo: Yerma. Honor.

He sucumbido ante mi propio honor. Este ha arruinado mis esperanzas de felicidad, mi deseo de cumplir el fin para el que, a mi parecer, he sido traída a este mundo. Ese privilegio tan simplemente concebido a otras, otras que incluso no han de valorarlo como tal. Mi orgullo y mi honor, por siempre superiores a mi instinto de supervivencia y bienestar personal, me han tendido una trampa que me ha costado mi factible dicha. Podría haber aceptado la propuesta de la vieja, aquella sabia curtida por las experiencias. Podría, como muchas otras, haber sacrificado mi dignidad secretamente, sacrificio que a cambio me habría traído la alegría más grande: mi tan deseado y adorado hijo. Pero ahora que tengo las manos manchadas, ya no hay manera de volver atrás en el tiempo. ¿Será que, en mi indecisión, cerré mis manos alrededor del cuello de mi marido para acabar con esa duda, con esa inseguridad, con esa incertidumbre? No, lo hice para así no sentir más dolor, más falsas ilusiones. Decidí acabar con la vida de mi hijo anticipadamente, antes de esperarlo hasta que mis entrañas no sean más que un fruto seco, hasta ese día en el que finalmente diría, después de una vida de espera, “no llegará”. Pero aquí se presenta un nuevo conflicto, consecuencia del engaño que ha llevado a cabo mi supuesta honra, y este es, que finalmente, me he quedado sin nada. ¿Podría alguien en este mundo decirme, por favor, qué mujer digna asesina a su marido?



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